Black Souls Corner

Tinta de Sangre -1-

Sostuve entre mis sudorosas manos aquel papel en blanco y lo miré con extrañeza, como si de repente aquel objeto no fuera más que un desconocido para mí. Entonces lo supe, o lo entreví, había llegado al límite de mi imaginación, si es que este estrafalario concepto existía. Sea como sea, no podía seguir escribiendo en aquella habitación en penumbra que parecía acecharme como si de mi propio fatídico destino se tratase. Debía recostarme sobre mi ya carcomida silla reclinable y observar las estanterías llenas de libros que en su momento me gustaron, pero que ahora no me despertaban ni el más mínimo interés y solo hacían bulto, tanto en mi habitación como en mi propia mente. Me levanté y tiré todos los libros al suelo de un golpe con mi mano, desordené toda la habitación con una rabia que no podía contener ni un instante, acabando desesperado y sin fuerzas, de rodillas en el suelo con un halo de luz proveniente de las persianas que partía mi silueta en dos.

Me hablaba a mí mismo, lo que muchos llaman reflexionar, para mí solo era una maraña de pensamientos acosándome desde todos los ángulos de mi cerebro, mi respiración estaba acelerada y nada ni nadie podía equilibrar mi humor en aquel momento. Todo fue confuso, me arrastraba a gatas por toda la habitación apartando libros, ropa y otros artículos que ni me paré a reconocer a pesar de que eran míos, acabé dejándome caer en el suelo y dejando pasar mi ansiedad hasta que no pude más y me quedé dormido.

La luz matinal me hizo entreabrir los ojos y aún con la cabeza pegada al suelo discerní lo que parecía ser un libro recostado en vertical sobre mi silla, era “El extranjero” de Camus, que me miraba tal y como su protagonista miraba a las paredes de su diminuta celda a la espera de su juicio final. Me levanté poco a poco, tenía media cara enrojecida y todo el cuerpo agujeteado por la mala posición tomada esa estúpida noche. No iba a recoger nada de mi cuarto, solo salí apartando mis “escombros mentales” con el pie hasta la cocina. Preparé leche con galletas mientras pensaba en esa claridad mundana que experimentamos al despertar cada día y como nos engaña y nos nubla la mente para seguir vivos un día más a pesar de todo… Qué asco me daban las mañanas. Sonó el teléfono, me acerqué hasta él sin mucha prisa y lo sostuve mientras me apoyaba en mi pequeño y modesto sofá. Entonces sonaría la voz aguda e irritante de Paz, una chica que acababa de conocer en una cita improvisada hace unos días y que estaba empezando a volverse un poquito pesada para mi gusto.

- Buenos días Roberto, ¿cuándo podríamos vernos de nuevo… ? - Sugirió en un tono exigente, notándose un poco de nerviosismo en su ya bastante molesto acento. No podía soportarlo, su sola voz ya tocaba mi peor fibra, haciéndome responder a la defensiva sin importar por qué.

- Estoy ocupado, ya te conté que la Editorial me tiene cogido por los huevos… - Entonces recapacité, quizás quedar con ella era lo que mi inspiración necesitaba, para bien o para mal, quizás aquella mala leche que despertaba en mí podría ser la solución. - … Aunque no importa, ¿qué te apetece?

- Podríamos ir al restaurante Lorenzo esta misma noche, me apetece pasta. - Sugirió con cierto regocijo por haberle aceptado la invitación, le respondí afirmativamente y quedamos a eso de las diez.

Colgué el teléfono y en seguida busqué un disco de mi colección, necesitaba relajarme y despejar la mente, tenía ojeras de no haber dormido. Puse en mi reproductor de vinilos uno de mis preferidos: Mingus Ah Um; entonces el Jazz mecería mis oídos mientras me tumbaba en mi sofá y dejaba a mi mente campar a sus anchas a través de mí. Muchas preguntas se me pasaron por la cabeza, ¿tendría que contestarlas? Era otra de ellas; daban igual, mi pensamiento ya estaba en otro lugar, en otro momento, con sus propias circunstancias incluídas ¿merecía la pena describirlas? Igual solo quería desahogar mi mente de bazofia inmunda para que otros la leyeran, ya sabes, cagar una mierda bonita y que supiera bien al paladar de uno, quizá unos cuantos, eso me bastaba. Me acerqué hasta mi máquina de escribir situada en un pequeño escritorio en el salón y allí mismo, con Mingus aún acariciándome los oídos, comencé a deslizar mis dedos por la máquina.

Las letras empezaban a reflejar mis pensamientos tal y como chorros de tinta que se escapaban de mis neuronas, los cuales debería domar a mi gusto para expresarme, ¿pero quién en su sano juicio podía pensar que algo así le representaba? ¿encontraba algún placer en ello? Si todo se quedaba en intentos, en disparos al vacío y casquillos amontonados en un rincón de la habitación ¿qué más podía hacer? Las medias tintas dominaban mi ser, mientras me rascaba la cabeza y revisaba página por página todo lo que escribía. Quizá no tenía más sentido hacer aquello, quizá debería hacer una pausa prolongada para recapacitar, y tras ello podría volver a aquel infierno serigrafiado. Cada palabra, un látigo sobre mi espalda, cada sentencia, una condena a seguir enfrascado en mi propia obra. Luego reflexioné sobre cuánta gente se encontraría en mi misma situación, en aquellos que fracasaron y en los que triunfaron, en cómo unas pautas aleatorias podían llevarte a que montones de cerebritos te alabaran unísonamente, o no.

¿Acaso la frustración no estaba ya suficientemente descrita? ¿Acaso todo no estaba ya descrito? ¿Cuántos matices quedaban por subrayar de esta, nuestra compleja mente adversa a los desidios de la naturaleza animal? El sinsentido me embargaba y a la vez me impulsaba inexplicablemente a seguir escribiendo… hasta volver a la nada.

Sin darme cuenta, eran ya las siete de la tarde y no tenía nada, un montón de basura mal escrita, vómito mental derramado por toda la habitación, lo único que deseaba era emborracharme. Salí al antro de siempre a unas dos calles de mi apartamento, era un garito bastante acogedor para mi gusto, lleno de humo, oscuro aunque aún estuviera el sol fuera y con un olor a tasca de mala muerte que era perfume para mis sentidos. Allí se encontraban dos de mis compañeros de la Editorial, uno era Alex, más joven que yo, que me saludaba con la mano sentado en la barra. Era un escritor bastante bueno para su corta edad, se le veía potencial, leí hace tiempo una de sus novelas, “El desorden”. Aunque nunca pensé que fuera mejor escritor que yo, básicamente porque era uno de esos tipos con más teoría que práctica, ya me entiendes, una de esas ratas de biblioteca que conseguía absorber todo lo que leía e impregnarlo en su obra, pero sin una intuición ni estilo propios. A su lado, uno de los mejores novelistas que he podido conocer en persona, José Uribe, al que llamábamos “El veterano”. Más que un escritor, parecía un ex-convicto adinerado que, en vez de hablar, escupía palabras entre dientes mientras te lanzaba una mirada capaz de penetrarte el alma cual puñal envenenado…

- ¡Ven aquí, Roberto, hoy invito yo! - Gritó desde el fondo de la barra, con su particular forma de hablar, me senté en el último taburete y al instante pidió tres whiskys bien cargados y sin hielo, no era mi predilección, pero en aquel día me conformaba con pillar un buen pedo. - ¿Cómo va esa novela en la que trabajas? - Preguntó el veterano, la última cosa que quería oír hoy. Le miré con recelo y creo que no hicieron falta palabras para describir el por qué estaba allí con ellos, no tenía nada, estaba totalmente en blanco y solo me apetecía olvidar.

- Veo que tienes lo que llamo… “síndrome de la monotonía literaria” - Escupió mientras daba un trago y me ponía una de sus arrugadas y duras manos en el hombro. Alex me miraba desde atrás con una pícara sonrisa que estaba empezando a irritarme, la verdad.

- Quiero contarte algo, vamos a una mesa… - Farfulló en un tono más serio, como si de verdad se preocupara por mi falta de inspiración, sujetamos cada uno nuestras copas y fuimos hasta una de las mesas más escondidas del local, situada, cómo no, detrás del billar. El ambiente estaba medio vacío, solo había unos pocos tipos conocidos de vista porque pasaban el día entero allí. De fondo sonaba una especie de música ambiental para adultos, que le daba un toque más cutre si cabe, lo que para mí solo lo hacía más acogedor. Alex y yo nos sentamos a un lado de aquellos sillones de madera, que crujían como si se fueran a romper en cualquier momento. José se bebió el whisky de un trago y, con un cigarrillo humeante en las manos, inclinó su cabeza un poco y, en un tono de cuenta-historietas de campamento, empezó su relato.

- ¿Recuerdas mi última novela? Sí, aquella en la que retrataba el perfil de un asesino totalmente cínico y aleatorio con sus víctimas, indescifrable por la policía, que nunca fue capturado, todo un best-seller. ¿Sabes de dónde salió la inspiración? Exacto. Hace tres meses salí de este antro totalmente borracho y, no sé como. - Tosió después de darle la última calada al cigarro y apagarlo en el cenicero con un gesto terco. - Me encontré con una prostituta que quería aprovecharse de mi ebriedad, bien, pues la sujeté del cuello de un golpe brusco con la mano y sin más dilación, la rajé de abajo hacia arriba con mi vieja navaja suiza como si fuera la tripa de un sucio cerdo. - Tragué saliva, sin creerlo, miré de reojo a mi otro compañero que parecía ya saber los detalles. - Toda la sangre se desparramó por mi chaqueta de cuero, ¿la recuerdas? La tuve que tirar. Alex me encontró a tiempo arrodillado aún con el cuerpo de la puta deshecho delante de mí, sus ojos miraban al suelo como si todo el vacío de la humanidad se concentrara en ellos. Yo había potado encima suya y estaba en un estado de trance, la jodida adrenalina de aquella situación me había puesto a mil. Después de deshacernos del cuerpo y de las pruebas, comencé a escribir como si el mismo demonio hubiera poseído mis dedos.

Al instante un silencio visceral se hizo entre nosotros, una gota de sudor caía por mi frente mientras me bebía el whisky de un solo trago también, aquello me desconcertó y a la vez me abrió los ojos. José me puso la mano encima del hombro de nuevo y me susurró, apretándome para que no pudiera coger aliento. - Éste es nuestro pequeño secreto, amigo, piensa en ello. - Me soltó y por fin pude relajar los hombros mientras soltaba un aliviador respiro. Alex me dió unas palmadas en el hombro y se terminó también su copa, mientras que José se giró y levantó la mano al barman, que parecía sacado de una película de los 60s, smokin incluído, nos serviría otra ronda.

Agaché la cabeza pensativo, en mi mente apareció la cara de Paz, quedé absorto. ¿Era posible que lo que necesitara era ser parte de mi propia historia? ¿qué sentido tenía tomar inspiración de mis propias acciones? Lo cierto es que esa chica me parecía un total desecho humano, no tenía personalidad, ni estilo, ni cultura, ni nada que valorara en una mujer de mi edad. Era, en definitiva, una simple, y sabía que podría hacer con ella lo que quisiera. Mientras estaba en silencio, aquellos dos desalmados siguieron hablando entre ellos como si nada, riéndose de las mismas batallitas de siempre, hablando de lo penosos que eran los escritores de otras editoriales… Terminamos las copas y cuando miré mi reloj, mareado por el alcohol, aún pude discernir que eran casi las nueve, y mi cita esperaba. Me levanté pero antes de poder hacerlo completamente José me agarró fuerte de la chaqueta, bastante ebrio, me espetó. - Si necesitas ayuda, no dudes en llamarnos… ¡Jajajaja! - Aquel cabrón reía como un loco borracho, me soltó y abandoné el lugar aún escuchándole entre murmullos.

Vuelta a la vieja pero recién asfaltada carretera de siempre…

El poeta volvió a la carretera, cargado de equipaje, obtuso, antes de subir a la sucia ranchera, tiraría todo lo que portaba al suelo. Para qué, se preguntaría y se contestaría en su propio subconsciente, un lugar al que nadie podría tener acceso, era su guarida personal e intrínseca. Tras esto, arrancaría a toda mecha y dejaría una estela de polvo a su paso y unas maletas abandonadas en medio de la nada… Una nada que lejos de parecerle desoladora, era su única compañera. Nació con la nada bajo el brazo, y ahora está delante, detrás, y encima de él, tal y como una introducción a un truco de magia barato, pero sin el traje de luces y sin un conejito saliendo de la chistera, solo unas hojas de papel en blanco y la magia de su intuición.

Los Kinks sonarían en aquella aciaga tarde en la carretera, tan satíricos como el propio personaje que conducía, “life is so complicated” cantaban, él no lo pensaría así, para él era fácil, solo bastaba con un momento de relajación al día y una vuelta por su propia mente, si querías acompañarle no podías estar más cuerdo que él. Su mente era como un laberinto sin salida, dónde la gracia estaba en dar vueltas, no en llegar a la meta, una maraña, un garabato mal dibujado que visto desde los ojos correctos, podía parecer hasta una obra maestra…

Pero a quién le importaban las obras maestras, a quién si no a los débiles que buscaban la perfección en sus vidas, él no era así, le daba una calada a un cigarro mientras derrapaba en una curva. No era tan rudo como podríais pensar, ni siquiera era guapo, y había cometido tantos errores en su vida como cualquiera, buscados o no, se alimentaba de ellos. “Los errores son la perfecta excusa para no tener nada que perder”, pensaba, y en eso era todo un experto. Tirarse al vacío sin escuchar a nadie, porque ahí es dónde se sentía bien, en el confortable silencio de su amarga soledad, de la que contradictoriamente intentaría salir una y otra vez, ¿para qué? pensaréis, “para valorarla otra vez” te dirá, como si de una antigua novia se tratase.

Tal que así avanzaría en sus tiras y aflojas vitales, en sus círculos, en sus cuadrados, en sus paralelogramos, ya había probado todas las formas geométricas posibles que podría tomar la continuidad de su vida. Todo era cuestión de tomar una línea recta y que su mente lo desviara por los confines de sus miedos, de sus debilidades, en definitiva, de su humanidad imperfecta, de la misma que odiaría en las demás personas excepto en él. Quizá lo podrían tachar de misántropo, pero igual era todo lo contrario, no se pararía a pensarlo, a su parecer esas cosas eran para psicólogos amargados en busca de una etiqueta para pegar en su colección de cerebros disecados en truculentos tarros de formol. Si alguna vez tuvo que etiquetarse, fue para que le dejasen de molestar, para que la tranquilidad conceptual volviera a la mente de quién le intentase entender y así, todos contentos. Claro está, nadie le iba a conocer de verdad, ni siquiera tú, el que lee esto ¿Qué te creías?

Ale, fin.

Agorafobia, primera parte.

Mente en blanco, oscuridad, miedo es todo lo que le rodea, miedo es todo lo que siente, no ve más allá de las 4 paredes de su mirada, a su alrededor, lacras, la historia de alguien sin sentimientos, sin ambición, vivo por y para morir. Precisamente esto es lo que le hace parecer temido, frío, calculador y solitario, la cara y cruz de un trastorno, el miedo que se anula con el miedo, la tapadera de una enfermedad.

Así es Blank, sin nombre, sin identidad, un asesino a sueldo de nadie, que asesinato tras asesinato descubre una parte de su enfermedad, cada víctima, un miedo que debe evitar pero a su vez, un sentimiento menos del que preocuparse.

Todo comienza con Blank corriendo, jadeando, no mira atrás, su miedo se lo impide, tampoco hacia los lados, solo hacia sus propios pies, le persiguen tras haber eliminado a un traficante de armas, con su propia mercancía, una Glock del 28, la observa, qué fácil ha sido, de repente una cara oscura emerge desde ella, es el miedo, el miedo a matar, la lanza a un contenedor y se oculta en un callejón. Su ansiedad le posee tras el contenedor de basura, agachado, se lleva las manos a la cabeza y recuerda lo sucedido con angustia, desde entonces, nada será igual, hace un rezo en silencio mientras se promete que no volverá a pasar.

Todo empezó con un trabajo del que ya no recordaba ni su objetivo, solo necesitaba un arma. Ni siquiera recordaba cómo había llegado hasta allí, era un callejón oscuro, hacía unas 2 horas, un traficante de armas afroamericano (el cual tampoco tenía pinta de ser el cabecilla real) le ofrecía una amplia y selecta selección de armas. Detrás de ellos y cerrando el callejón, dos gorilas, uno mayor que otro trajeados de negro guardaban de posibles “incidentes” durante el intercambio.

Es entonces cuando la mirada de Blank se centró en una preciosa Glock del 28 que colgaba de la chaqueta del traficante, que se daría cuenta y se la entregaría sin mediar palabra, para luego decirle: “Es buena tío, por 500 pavos te la llevas con silenciador, una ganga.” Blank comprobaría si estuviera cargada y efectivamente lo estaba (¿qué clase de traficante de armas vende armas ya cargadas?) entonces empezaría a apuntar al vacío ante la sonrisa del traficante el cual se frotaba las manos ante la inminente venta. Blank miraría de nuevo al moreno, mucho más bajito que él, y desde su piel un escalofrío le recorrería, su visión empezaría a torcerse en una amarga pesadilla, una horrenda cara saldría de aquel delincuente, sus músculos empezarían a moverse como una reacción espontánea y totalmente natural apuntando hacia ella con la pistola y disparando sin dejar una sola respiración de por medio. Sin pensarlo dos veces saldría a correr inmediatamente perseguido por aquellos dos “guardaespaldas” saltando el muro del callejón y perdiéndose entre la gente.

Es aquí donde empieza su historia, o al menos lo que recuerda de ella o lo que su miedo le permite recordar, mientras camina hasta “casa” con la mirada totalmente perdida hacia sus pies. Viviendo en un motel, se gana la vida con algo a lo que cree que nunca podrá temer, su ordenador, se dedicaba a ventas de segunda mano sin tener intermediarios ni contacto con otras personas, era el trabajo perfecto. A distancia, conoce a una chica a la que le cuenta sus ansiedades, sus más profundos secretos y recuerdos, como en su infancia había sido traumado, maltratado, sus cicatrices vitales y también las corporales, las mira, las teme, el dolor mental le bloquea. Se toma bastantes tranquilizantes de una tacada y se marcha a dormir aún acosado por los recuerdos que venían a su mente espontáneamente.

En sus sueños, todo lo que le rodea en la habitación cobra vida, una vida demoníaca que lo tortura hasta despertar de la pesadilla, una pesadilla que aún continúa, ve fuego en sus ojos y en todo lo que le rodea, debe arder. Sale rápidamente del motel y va hasta la gasolinera a por una garrafa de gasolina, la oculta en una bolsa y se dirige de nuevo a su residencia, esta vez quiere acabar con todo, hasta con el mismo. Cuando llega a casa, había una visita inesperada, eran los furiosos gorilas del traficante de armas, le habían estado siguiendo. Habían destruido toda la habitación, le apuntan con una pistola. Invadido por el pánico, Blank lanza la garrafa de gasolina y sale corriendo no sin antes dejar caer una cerilla encendida, todo arde.

Sale del motel mientras todos le miran, la ventana de su habitación está en llamas, se da la vuelta, mira hacia atrás y contempla el fuego, como salen los dos tipos ardiendo en llamas y caen al suelo calcinados enfrente de él, su miedo aumenta, ahora es el fuego, las llamas lo alimentan. En su poder una cartera con unos billetes y un número, es la dirección de Lucy, la única que le entiende, su único refugio, lo único a lo que cree no tener miedo en este mundo.

Viajero.

Bienvenido a este desvencijado hotel, humilde viajero
aquí solo tu mente es bienvenida
habitación por habitación ves recorriendo sin prisa
hasta el apropiado lugar para tu equipaje
ya sea de mano o muy pesado
cargado de recuerdos o vacío de sueños
déjalo frente al espejo.

Siéntate, enciende el televisor
el viaje será largo, tómalo con calma
verás paisajes, verás lágrimas
hilos saldrán de tu cuerpo como telarañas
buscando todo aquello que añorabas
y que hasta aquí, se quedó en nada.

Ya es otro día, viajero, el café está hecho
Sóplalo, está caliente, no tengas miedo
el exterior toca a tu puerta, a tu ventana
pero tú sigues con la cabeza bajo la almohada
no tienes remedio viajero, es un hecho…
Naciste y morirás,
                              sin poder soportar un techo.

Astigmatismo

Silencio sobre silencio,
su verdadero sonido tras el espejo
engañados los oídos creían
que se componía de vacío
pues no,
solo era,
Mero astigmatismo.

Un rayo de luz que rebota
en la inmensa oscuridad
se refracta sobre tu alma
y te hace reflexionar
frío y cautivo
el silencio bien acompañaba
tan profundo y herido
era su musa
era su amada.

Revuelo en la oscuridad
el jazz retoma
su perfil se define
tras el contrabajo la sombra,
del acorde absoluto
de la expresión de un llanto
de esas amargas noches
que, llenas de humo
y alcohol
se escapaban entre sus manos
Oh, Krzysztof…

Metralla

Metralla,
la humanidad hecha arte,
cuerpos sin cabeza
crímenes desconcertantes
vidas perdidas para unos,
dólares en la cuenta de otros
pura diversión irresponsable.

Al compás del caos absoluto
tiros mentales que penetran
tanto como el doloroso recuerdo de algunos
que vieron lo invisible
oyeron lo imperceptible
al son de teclas de piano
cayendo al vacío
sin control.

Ahora los saxofones atacan desde la trinchera
gritan, chillan, imploran
las últimas palabras, los últimos suspiros
de todas las almas caídas en combate
y es que, el sonido de los últimos instantes
nunca estuvo hecho
para que el oído “humano”
lo apreciase.

Textos tímidos.

Pequeños, casi inapreciables,
escondidos de toda luz aquellos textos
te miraban, sin ser capaces
de crecer en tu alma
de profundizar en tu mirada
y saberse de ti.

Escritos en prosa o en verso
hablaban sobre ti o sobre ellos
sobre nuestras emociones calladas
sobre nuestras fantasías más soñadas
pero qué más da, ya yacen
ocultos,
sin un mundo…
adjuntos,
a un sin futuro…

Porque solo eran eso,
letras amenas, letras solitarias
que se disfrutaban leyéndose a sí mismas
y que en cada página
descubrían algo sobre sí…
Justo como nosotros.

Tómalo, es el mío,
Sopla el polvo,
ábrelo,
está esperando que lo leas y, tal vez,
que también lo escribas.

Desenfreno.

Rastros de pintura blanca en el suelo,
lo que alguna vez fueron nuestros límites
ahora los traspasamos sin necesidad de consuelo.

Y es que, por increíble que parezca,
más increíbles fuimos nosotros,
afrontando la cruda realidad que nos impusieron otros.

Vamos, rimemos nuestros pensamientos,
despejemos ese oscuro velo que nos atolondra
hagamos un nexo entre nuestra mente y el cielo,
convirtamos nuestra debilidad en desenfreno
de conseguir ser más que un solo resuello
con el fin de agarrar nuestros cuellos
y decirnos a la cara
que, sin ley ni espada
con toda la habitación inundada
ya no hay miedo,
solo dos libres miradas
de ojos bien abiertos.

Oda a la autodestrucción.

I: Corrosión

Gimiendo
Eyaculo
Me autodestruyo
Tal y como nuestro mundo
Sumido en una catástrofe pasional
de tamaño descomunal;

Lluvias ácidas de lágrimas
Ráfagas de dolor huracanadas
y el sísmico miedo
que nos azota cada noche
destruyendo los cimientos
que solo de insomnio podremos recuperar.

II: Dominio

Nunca dijimos que no fuera complicado
saberse del todo destrozado
por la completa sumisión
de nuestros latentes deseos
culpables o no, ardieron
contra tu voluntad te ataron
y tus sentidos disfrutaron
del placer inusitado
de saberse rendido y maniatado
por aquel al que llamaste
Tu amo.

Y es que hasta dónde ves es tuyo,
quememos hasta el último ápice de nuestro orgullo.

III: Oscuro

Trastocado el interior
por fuera solo pena resulta
salida de la absoluta nada
de infinitas dudas inexplicadas
atadas con inalterables cadenas
a la más rotunda oscuridad.

Esa,
Esa que,
de una bombilla rota
parpadea y rebota
por todo el salón
en busca de tu agonía
de cuclillas
en un rincón…

IV: Hipertensión

Ahogados,
los gritos desconsolados del alma
desde el fondo de tus ganas
esclavos de un autoritario régimen
de terror pasional.

Pálpito,
corazón y mente en el espejo
tirando de cada uno de tus huesos
en completa tensión
la errática posesión
que nunca podrán evitar nuestros cuerpos.

Tira,
Sácalo todo
no hay más que inútiles tripas
nada memorable, solo desecho
solo para que el dulce vacío
agujeree nuestro pecho.

V: Colapso

Culmen de todos nuestros hechos
desafío perdido
desde el primer aliento
que forjó este tormento
que tanto maldigo y venero.

Implosión retroactiva de tus sentimientos
libres y,
opresos
solo presos,
obsesos,
buscando la salida por cada uno de tus poros para que no puedas amar,
pero,
esta vez,
no,
esta vez,
colapsan en tu piel dejando un rastro sangriento del que no te podrás librar.

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A tu pesar.

A tu pesar,
al mío
al de ellos
al de los crudos inviernos
al de los hábiles deseos
de lograr,
un vuelco, un giro
inesperado
de los acontecimientos

que nos haga
llegar
a un beso eterno
a un solo instante placentero
que dure
toda, nuestra,
eternidad
todos, nuestros,
sueños
rotos o por romper
unidos por el quehacer
de las noches en vela
de las luces de una tormenta veraniega
que nos azotó
desnudos,
pegados
y desechos;

a tu pesar,
al mío,
al nuestro…